Esto de Dublín tiene, entre otras cosas, el aliciente de tener que adaptarte a unas costumbres nuevas, no sólo en lo idiomático sino también en los horarios de las comidas, que a fin de cuentas son quienes nos organizan el día. Aquí la gente se levanta muy temprano para trabajar y nunca se deja el desayuno copioso encima de la mesa; en mi casa, no lo es tanto así que cada mañana salgo de la casa de los Brady con el estómago lleno de Krispies y un vaso de zumo de naranja.
Como aquí la gran mayoría de la gente vive en “distritos residenciales”, algo así como las ciudades dormitorio de España pero sin estar fuera de la ciudad, todo el mundo va en bus y tren al centro de la ciudad, con lo que las calles siempre están llenas de peatones yendo de un lado a otro, la mayoría con cafés para llevar o sandwiches recién comprados. Esta prisa no perturbe el habitual estado tranquilo del irlandés, al menos que yo haya visto: los coches apenas tocan el claxón, nadie invade carriles ni estorba, todo es muy ordenador y si alguien hace algo mal, le miran mal y se cagan en sus muertos por lo bajini, nada de estar tocando el claxón diez calles más abajo como estamos acostumbrados en Sevilla.
Otra cosa de aquí es cenar a las 6 de la tarde. Sí, a la hora en la que todos nos preparamos una tostada (o dos) y un cafelito, aquí se cena. Eso significa que no te puedes hartar de comer a las 3 de la tarde, porque no cenas ni de coña, y hasta las 7 de la mañana no comes de nuevo “oficialmente”. Hay que armarse de valor (sobre todo yo, ya me conocéis) para tomarse un filetón con alubias, zanahora y puré de patatas a las 6 de la tarde. Yo creo que ya me he acostumbrado, pero cuesta lo suyo.
Y tras cenar, como hace frío, habrá que hartarse de Guiness. La vida nocturna aquí es bastante opuesta a la de Sevilla; la opción única de tomar alcohol en una discoteca aquí apenas existe (la hay pero no es la más común). Lo normal es irse a un Pub con tus amigos a escuchar música en directo. Lo típico es el Temple Bar (donde estuve el lunes, ya mandaré fotos que no las hice yo, me las tienen que pasar), pero es caro de cojones: una pinta de Guiness 5 euros. Cuando llevas ya un rato en el pub, y vista la oscuridad y el frío dominando la calle, te da la impresión de que es de madrugada ya, pero no son más que las 8 ó las 9 de la noche… siendo lo peor de todo que a las 10 ya te quieres acostar. Es curioso pero a todos nos pasa cada día.
Frío hace, y llover dicen que puede llover cada día, pero de momento -toco madera- no me ha diluviado. Este ambiente húmedo y frío hace que los parques sean de lo más bucólico y envidiable. Tanto verde y, en otoño como ahora, tanta hoja caduca por el suelo te hace trasladarte a otro mundo, evadirte del mundanal ruido de la ciudad, que aquí es menor que en Sevilla, seguro. Esto que os enseño es el parque de St. Stephen Green, que data de 1663.

Y, en resumen, que todo sigue genial, cada día estoy más a gusto pero que os sigo echando de menos a todos, y a ti por supuesto
Un abrazo y mil besos. Gracias por los comentarios, me siento más acompañado así jeje.





